Recorriendo mi infinita y eterna biblioteca, buscando
qué releer, abrí por pura aleatoria decisión un viejo tomo de Jurisprudencia
Argentina, en realidad no tan viejo, de mil novecientos ochenta y algo. Me
movió la curiosidad por ver qué dirían los magistrados sobre la justicia en
aquel momento, previo a la Reforma Constitucional de 1994, esa tan importante
pese a que cometió dos graves errores. Mientras inquiría algunos viejos
conceptos, recordé aquellas primeras lecciones y discusiones académicas sobre
qué es justicia. Me dije que en definitiva debía ser una respuesta muy difícil,
dado que tanto necesita escribirse y discutir al respecto, dado que exige
tantos tomos y tantos anaqueles. Reparé en cuánto los seres humanos han pedido
a Dios por justicia, al mismo tiempo que escrito tanto. Como si el azar buscara
proponerme una respuesta, ocurrió que al pasar algunas hojas del grueso
volumen, encontré una hoja de papel acerado, manuscrita y sin firma. Decía:
“El volumen de la religión es inversamente
proporcional al conocimiento de la naturaleza y a la posibilidad de las
personas de satisfacer sus necesidades naturales y materiales.
Las clases y sectores dominantes se valen de esa
condición psicológica humana, para evitar que las mayorías transiten el único camino
verdadero de su salvación, porque de tal manera la mantienen en confusión, adormecen
y desvían de las acciones adecuadas.
En la antigüedad, antes de que le ciencia diera sus
primeros pasos, los males, las desgracias, la venturas, desventuras e
injusticias se atribuían a la ira o a la bondad y clemencia de los dioses. El
sol, la luna, las estrellas, los climas y demás fenómenos naturales, eran
manifestaciones del ánimo de los dioses. Hoy se sabe, gracias a la ciencia, que
todo eso no es así, que todos los fenómenos naturales tienen una explicación
material, que la justicia y la injusticia son consecuencia de la voluntad de los
seres humanos, que somos quienes podemos intervenir la naturaleza y modificarla
para ponerla a nuestro servicio. Pero las clases dominantes se las han
ingeniado para apropiarse en mayor medida de los resultados de esa capacidad,
para cuyo fin siguen valiéndose de las religiones, de modo que las mayorías han
trocado la atribución de deidad al sol, a la luna o a las estrellas, por la
creencia de que las religiones o un dios tan trascendente como inasible pueden
intervenir para ayudar a los débiles y explotados, aun sabiendo que la única
forma de derribar un muro o desviar una corriente de agua es mediante una bola
de demolición, un martillo hidráulico o una represa, respectivamente. Por este
motivo es que hoy, la inmensa mayoría de las personas en el mundo, aun sabiendo
a ciencia cierta que ante cualquier enfermedad se recurre a la medicina, que
para conocer las razones del clima se recurre a los climatólogos y a las
ciencias de la atmósfera, y que para construir un edificio o lanzar una nave
espacial a Júpiter se recurre a los ingenieros y físicos, no obstante esa misma
inmensa mayoría persiste en la atribución de sus males, justicias o
injusticias, o la satisfacción de sus necesidades, a dioses y seres ilusorios
de los que no existe y nunca existió evidencia alguna.
Esa persistencia, de un hoy contradictorio volumen
religioso, pese a la consciencia de que las únicas respuestas reales las dan el
conocimiento y la ciencia, se debe a que es una herramienta alimentada por
quienes dominan y acaparan materialmente la mayor cantidad de bienestar, en
detrimento de las mayorías. Así, las mayorías, aun sabiendo que su enfermedad
la sanará la ciencia médica y la salud pública, que su bienestar dependerá de
una política económica solidaria e igualitaria en su distribución, es decir
justa, no obstante, rezan a una entelequia mental para que tales resultados se
produzcan.
Dictadores, genocidas, oligarcas, explotadores de toda
laya que dominan a las sociedades mundiales, siempre se muestran como personas
de profunda fe religiosa, sostienen ostentosamente las distintas instituciones
clericales y encabezan sus ceremonias, inclusive muchas basan su autoridad en
supuestos mandatos divinos. Son todas ficciones, actos la mayor de las veces
ostensiblemente hipócritas, que carecen de la más mínima razonabilidad y
posibilidad de demostración. Pero para neutralizar el descontento social ante
las injusticias de sus actos, no recurren a rezos, plegarias a los dioses o
procesiones sosteniendo imágenes supuestamente sagradas, para que les ayuden a
preservar sus privilegios, por el contrario, recurren a las medidas de opresión
y dominación, a las armas de destrucción masiva y a las tanquetas para reprimir,
que las construyen siguiendo estrictamente los conocimientos que proporciona la
ingeniería, la física y la ciencia en general”.
Qué sesuda reflexión, me dije. Pero doblé rápidamente
la hoja, cerré el libraco y lo devolví al olvido en su indefinido lugar del
estante. Temí ser por algún dios castigado como hereje, por haber dado pábulo a
semejante osada teoría.
