Adolfo, tenido como el más valiente, debía vengar la afrenta. Lo miró
fijo a David, con el rostro inclinado, el mentón apuntando al suelo y las
pupilas desbordándose por sobre los parpados superiores. Sus ojos pardos eran dos
penetrantes llamas de fuego que perforaban el espacio que los unía. En realidad
que los separaba. En realidad que fungía como frontera caliente próxima a
incendiarse. La mandíbula apretada y las fosas nasales palpitantes y
transpiradas exhibían la rabia contenida del cazador frustrado por la acción
del otro que se le había adelantado. Su alma estaba llena de odio. La presa ya
no era suya. Era de su contrincante. Lo que me hizo –hervía en
su cerebro- es una canallada intolerable. Le tocaba a Adolfo ponerse
en posición, apuntar y disparar. Pero el otro, acechando desde lo oculto, con
incalificable astucia, se le adelantó y lanzó el proyectil que pasó por sobre
su hombro y dio en el blanco con tal perfección que pareció puesto con la mano.
Para colmo -esto fue lo peor- el autor de la humillación era un moreno, judío,
de actitudes amaneradas e hijo de un pobre comerciante de baratijas en la feria
del pueblo, además comunista y protestón. Sintió que tamaña afrenta era
imposible de resolver de otra forma que mediante una mortífera estocada. Es que
no podía aceptarse que lo hiciera quedar, frente a los demás muchachos, como un
pavote incapaz de cargarse él al animal. Sorprendido por la astucia de David,
quedó como un ser inferior. Entonces fue cuando con el rostro encendido por el
odio se volteó, miró fijo al osado judío con los ojos desbordados y la
mandíbula apretada como para romperse los molares. Le apuntó a la frente.
La alarma fue general. Hubo gritos y llamados a la cordura. Pero nada lo
detuvo. Mantuvo la mira en la frente del que lo había humillado. El otro
observaba impávido la reacción desmedida del arma apuntándole. Pero él tenía la
suya: el cerebro. Al cabo de unos segundos, Adolfo tensó sus manos y sin dudar
disparó. Pero David, el hijo del pobre comerciante de baratijas venía
calculando los movimientos y los tiempos. Con velocidad digna de artes
marciales amagó moverse hacia un lado, pero como si hubiese sido un espejismo
dio un brinco de media vuelta y apareció enseguida corrido hacia el otro. El
proyectil siguió viaje, sin tocarlo, para perderse a lo lejos, indignamente, en
algún lugar del extenso pastizal. Las risotadas fueron generales. Hubo insultos
a Adolfo por su desmedida reacción y palmadas de felicitación a David por su
destreza e inteligencia.
Había
ocurrido que, a las ocho de la mañana de un cálido domingo de junio de 1897, un
grupo de chicos salieron de caza menor por las estepas que se abrían en los
alrededores de Braunau am Inn, en el viejo Imperio Austro Húngaro.
Tenían permiso de sus padres hasta el mediodía. Avanzaban en el monte buscando
víctimas para sus travesuras. Las víctimas eran esos palomones que solían
descansar en las altas ramas de los abetos o en las líneas de las alambradas
que dividían los campos. Las armas eran hondas, algunas especiales, de madera
torneada y elásticos duros que aseguraban la fuerza del impacto de las piedras
en el cuerpo del ave caída en desgracia. Otras eran más modestas, hechas con
los escasos recursos de los pobres. Pero en todo caso, siempre, más que de la
calidad del arma, de lo que se trataba era de la experiencia y la astucia del
tirador. En el grupo de chicos que esa mañana salieron de caza, estaban Adolfo
y David. Aquél volvió a su casa a las doce llorando de rabia contenida. El
otro, feliz por su hazaña y el reconocimiento logrado.
Ocurrió
después, en el verano de 1921, que Adolfo se convirtió en un encendido orador,
embargado de un odio que lo alimentaba y lo seguía carcomiendo desde lo más
profundo de sus entrañas. Odio nacido de historias, resentimientos y
frustraciones pasadas. En 1922 tenía ya una enorme cantidad de fanáticos
seguidores que odiaban a su par. Entonces se convenció de que su motor era ese
odio que portaba y que le venía de tiempos remotos de resentimientos
contenidos. Advirtió que otro odio yacía también dormido en lo más profundo del
alma sufrida de su pueblo. Juntó los dos odios y se dispuso a la locura. Yo
soy el anhelo de mi nación, se dijo. Y volvió a empuñar unas armas, que ya
no eran hondas finamente torneadas con elásticos seguros, sino el hierro de la
muerte y el fuego de las hogueras. Tenía que vengar por fin la afrenta. Pero ya
no era solo sobre aquel David, ni un moreno, un amanerado o un pobre
comerciante de baratijas en la feria del pueblo, comunista y protestón, sino
sobre millones.
Otros
Adolfos crecen hoy en el extenso pastizal de nuestro mundo y de nuestras vidas.