sábado, 28 de febrero de 2026

BREVE MANUAL SOBRE JUSTICIA Y RELIGIÓN




Recorriendo mi infinita y eterna biblioteca, buscando qué releer, abrí por pura aleatoria decisión un viejo tomo de Jurisprudencia Argentina, en realidad no tan viejo, de mil novecientos ochenta y algo. Me movió la curiosidad por ver qué dirían los magistrados sobre la justicia en aquel momento, previo a la Reforma Constitucional de 1994, esa tan importante pese a que cometió dos graves errores. Mientras inquiría algunos viejos conceptos, recordé aquellas primeras lecciones y discusiones académicas sobre qué es justicia. Me dije que en definitiva debía ser una respuesta muy difícil, dado que tanto necesita escribirse y discutir al respecto, dado que exige tantos tomos y tantos anaqueles. Reparé en cuánto los seres humanos han pedido a Dios por justicia, al mismo tiempo que escrito tanto. Como si el azar buscara proponerme una respuesta, ocurrió que al pasar algunas hojas del grueso volumen, encontré una hoja de papel acerado, manuscrita y sin firma. Decía:

“El volumen de la religión es inversamente proporcional al conocimiento de la naturaleza y a la posibilidad de las personas de satisfacer sus necesidades naturales y materiales.

Las clases y sectores dominantes se valen de esa condición psicológica humana, para evitar que las mayorías transiten el único camino verdadero de su salvación, porque de tal manera la mantienen en confusión, adormecen y desvían de las acciones adecuadas.

En la antigüedad, antes de que le ciencia diera sus primeros pasos, los males, las desgracias, la venturas, desventuras e injusticias se atribuían a la ira o a la bondad y clemencia de los dioses. El sol, la luna, las estrellas, los climas y demás fenómenos naturales, eran manifestaciones del ánimo de los dioses. Hoy se sabe, gracias a la ciencia, que todo eso no es así, que todos los fenómenos naturales tienen una explicación material, que la justicia y la injusticia son consecuencia de la voluntad de los seres humanos, que somos quienes podemos intervenir la naturaleza y modificarla para ponerla a nuestro servicio. Pero las clases dominantes se las han ingeniado para apropiarse en mayor medida de los resultados de esa capacidad, para cuyo fin siguen valiéndose de las religiones, de modo que las mayorías han trocado la atribución de deidad al sol, a la luna o a las estrellas, por la creencia de que las religiones o un dios tan trascendente como inasible pueden intervenir para ayudar a los débiles y explotados, aun sabiendo que la única forma de derribar un muro o desviar una corriente de agua es mediante una bola de demolición, un martillo hidráulico o una represa, respectivamente. Por este motivo es que hoy, la inmensa mayoría de las personas en el mundo, aun sabiendo a ciencia cierta que ante cualquier enfermedad se recurre a la medicina, que para conocer las razones del clima se recurre a los climatólogos y a las ciencias de la atmósfera, y que para construir un edificio o lanzar una nave espacial a Júpiter se recurre a los ingenieros y físicos, no obstante esa misma inmensa mayoría persiste en la atribución de sus males, justicias o injusticias, o la satisfacción de sus necesidades, a dioses y seres ilusorios de los que no existe y nunca existió evidencia alguna.

Esa persistencia, de un hoy contradictorio volumen religioso, pese a la consciencia de que las únicas respuestas reales las dan el conocimiento y la ciencia, se debe a que es una herramienta alimentada por quienes dominan y acaparan materialmente la mayor cantidad de bienestar, en detrimento de las mayorías. Así, las mayorías, aun sabiendo que su enfermedad la sanará la ciencia médica y la salud pública, que su bienestar dependerá de una política económica solidaria e igualitaria en su distribución, es decir justa, no obstante, rezan a una entelequia mental para que tales resultados se produzcan.

Dictadores, genocidas, oligarcas, explotadores de toda laya que dominan a las sociedades mundiales, siempre se muestran como personas de profunda fe religiosa, sostienen ostentosamente las distintas instituciones clericales y encabezan sus ceremonias, inclusive muchas basan su autoridad en supuestos mandatos divinos. Son todas ficciones, actos la mayor de las veces ostensiblemente hipócritas, que carecen de la más mínima razonabilidad y posibilidad de demostración. Pero para neutralizar el descontento social ante las injusticias de sus actos, no recurren a rezos, plegarias a los dioses o procesiones sosteniendo imágenes supuestamente sagradas, para que les ayuden a preservar sus privilegios, por el contrario, recurren a las medidas de opresión y dominación, a las armas de destrucción masiva y a las tanquetas para reprimir, que las construyen siguiendo estrictamente los conocimientos que proporciona la ingeniería, la física y la ciencia en general”.

Qué sesuda reflexión, me dije. Pero doblé rápidamente la hoja, cerré el libraco y lo devolví al olvido en su indefinido lugar del estante. Temí ser por algún dios castigado como hereje, por haber dado pábulo a semejante osada teoría.

 

lunes, 26 de enero de 2026

DE FLORES Y FÓSFOROS



 

¿Qué fue de nuestro ser antes de nacer? ¿Qué será de nuestra consciencia luego de la muerte? Probablemente jamás lo sepamos. Solo sabemos que estamos aquí hoy, en este mundo y en este universo. Nacimos tras confluir aleatoriamente miles de millones de átomos tras la explosión de una supernova y una larga evolución, que desembocó en nuestra concepción, en un tiempo y en un lugar. Ello dio lugar a esto que somos, que es de lo único que estamos seguros. Todo lo que podemos saber es a partir de lo que percibimos por nuestros sentidos, incluidos nosotros mismos. Todo lo que nos rodea podemos conocerlo cada vez más, aunque jamás por completo ni con certeza absoluta. El conocimiento es un camino individual y colectivo, dinámico y evolutivo, pero sin fin. Todo conocimiento actual sobre algo es relativo e impreciso, porque mañana algo más se sabrá. Y ese mañana, a su vez, será también impreciso, porque pasado mañana algo más al conocimiento se añadirá. Una sola cosa es cierta: de nada podemos estar seguros de manera final, nada con certeza absoluta. Preguntarse por qué estamos aquí, para qué estamos aquí, qué fuimos antes y qué pasará después de nuestra muerte, es pretensión vana, perder el tiempo, dado que tal pregunta es de respuesta imposible. Solo podemos estar seguros de estar aquí, hoy, en este lugar, de que solo buscamos entenderlo, cada vez más, pero dificilmente alguna vez de manera completa y definitiva. Y que esto sucede en un corto período delimitado por dos oscuridades, en el cual estamos con nuestros sentidos abiertos a la realidad como efímeras flores y deseos incandescentes, como el breve destello de un fósforo.


miércoles, 21 de enero de 2026

EL DIÁLOGO DE LOS MELIOS




Entre los años 431 y 404 antes de Cristo, Atenas y Esparta eran potencias regionales. En ese período se enfrentaron en lo que se conoce como las Guerras del Peloponeso, por el control y hegemonia sobre el territorio e islas de Grecia. Uno de los episodios más destacados de esa guerra se conoció como El diálogo de los melios, cuya lección forma parte de la realidad humana y llega hasta nuestros días. Consistió en lo siguiente. Atenas le exigió rendición a la isla de Melos y que a élla su pueblo pague tributos, no a Esparta. Los melios intentaron dialogar, apelando a las leyes y a la moral, por lo que no sería justo que Atenas los atacase. Los atenienses rieron, y su respuesta fue simple: los poderosos hacen lo que su fuerza les permite, y los débiles se tienen que atener a eso. La justicia solo existe entre iguales. Cuando hay desequilibrio de poder, apelar a la ley o a la moralidad es ingenuo. Nació así lo que hoy llamamos “realpolitik”: las acciones se definen no por lo que es legal o justo sino por quien tiene más poder. Ante esa respuesta, los melios rechazaron rendirse, pensaron que su honor iba a bastar y que, como era injusto, Esparta los iba a ayudar. Obviamente tal cosa no ocurrió, a Atenas no le interesaron las leyes, los principios éticos ni morales, mató a todos los hombres de la isla y esclavizó a las mujeres y niños.


lunes, 1 de diciembre de 2025

¿QUÉ ES UN LIBRO?

 



La mejor definición que, a mi juicio, ha sido dada acerca de qué es un libro. La mejor porque dice dos verdades, es algo mágico, y es también algo que vence al tiempo, encierra eternidades:

https://www.instagram.com/reel/DPyoWeYkVVe/?igsh=bGI2eGN2ZDduazBk


viernes, 3 de octubre de 2025

LA MALDICIÓN DE HOY


 

Doblé la esquina y encaré la última cuadra. Las baldosas se estiraban hasta llegar a los primeros escalones del vestíbulo. La gruesa puerta de vidrio cedió y dejó que entre. Allí estaba el recibidor, la lámpara de pie, los dos sillones individuales de vieja pana verde, el revistero de hierro forjado lleno de boletas de servicios, el enorme espejo en una pared lateral y en la opuesta la reproducción de un cuadro de Quinquela. El de los que hombrean bolsas cruzando por un tablón de una embarcación a otra, mientras el atardecer pinta de rojo unos trazos de nubes a lo lejos. Son dos hombres que trabajan. Que por lo menos tienen trabajo. Llegué hasta el ascensor, a un costado de la escalera. Me decidí por ésta, algo de ejercicio no vendría mal, un tercer piso no es imposible. El felpudo de yute y sisal al pie de la puerta me dijo bienvenidos, en plural. Pero estaba yo solo. Apreté el timbre. Oí su sonido parecido al graznido de un ganso. Al rato unos pasos hechos de tacones, la mirilla que se abrió y un ojo, que desconté era el suyo, buscando comprobar la identidad de la visita. Fui en tren de consuelo. Lo imaginaba como seguro. La puerta se abrió aunque no pareció hacerlo con ansiedad. Se me presentó vencida. Estaba vestida de una manera como para proponer asistir a un discurso, a una clase de matemáticas, algo así. Podría haber sido un feliz encuentro de amor. Pero este tiempo y quienes disponen de estas horas lo hacen de hiel. Su sonrisa escueta y el leve beso en la mejilla me confirmó su zozobra, y que la alfombra solo había transmitido una palabra de compromiso, como si fuese un mero petroglifo garabateado sin convicción al pie de un peñasco. Con un gesto ella me invitó a sentarme en el sofá. Sin mirarme. Solo la mano señalando vagamente. Estaba transida por un dolor de desasosiego. Hice caso. Ella acomodó unas revistas en la mesa ratona, miró fugazmente hacia la noche del otro lado de la ventana, como para darse tiempo, como preludio improvisado para el abordaje principal. Como para alejar un poco el momento de hacer expreso el colapso. Dio media vuelta, siempre sin mirarme a los ojos, y se dejó caer en el sillón, frente a mí. Sus grandes ojos negros, de puro azabache, por fin me atacaron y me hipnotizaron. Pero no de amor en ese momento. Yo supe que no fue así, desde el momento en que, al escuchar su voz en el teléfono, me pidió que fuera por ella. Su nariz pequeña y respingada me excita mares. Su pelo castaño agresivamente revoltoso acelera mi corazón. Su piel trigueña y suave me da tibieza. Sus labios son atrevidos. Aunque en ese momento toda ella estaba hecha de doloroso abandono. Como cachorro maliciosamente abandonado, de pronto, al costado de la ruta. Entonces movió su boca para dejar decir algo. Y en ese momento sí, se produjo el disparo. Un disparo mortal que me dio en medio del pecho, me atravesó el esternón y, sin más, nos hundió en este perverso presente. Me echaron del trabajo, dijo. Fue todo lo que dijo. Fue lo que imaginé desde que oí su voz teblorosa en el teléfono. La maldición de hoy. 

jueves, 11 de septiembre de 2025

"ME VOY"



 

Hace un rato, azarosamente, pude ver el vídeo María Eugenia Álvarez, la enfermera de Eva Perón. https://youtu.be/k7Rg5rLjQCs?si=Re2dtXiqxzpLNyZ0 / Me lo habían enviado por mail el 27 de julio. Fueron días complicados por el reciente fallecimiento de mí socio Jorge, por lo que no pude verlo en ese momento. María Eugenia es adorable. Escucharla es darse cuenta en directo y sin sesudos análisis políticos qué era exactamente el alma del peronismo. Por qué es un sentimiento y no una ecuación. Pero hay algo que ella, la enfermera de Evita, relata, que me llevó a otro lado, me hizo acomodarme en el sillón como quien se ve de pronto sorprendido por algo que barrunta misterioso.

Maria Eugenia asistió al fallecimiento de Evita. Al lado de su última cama, acariciándole las mejillas. "Me voy", dijo que en un momento le oyó decir a Evita. Era el 26 de julio de 1952 a las 20,24 horas. "Yo también" le contestó María Eugenia, refiriéndose a qué también ella se retiraría a descansar por ese día. Pero Evita insistió: "No, te digo que me voy". Entonces Evita cerró los ojos y se durmió para quedarse por siempre en los corazones de los humildes. Eran las 20,25 horas.

Y lo extraño del caso, que me estremeció y me hizo acomodarme en el sillón al escuchar ese relato, que resulta ser un misterioso contacto entre ambas historias, es que tras el fallecimiento de mí socio diez días atrás de haber recibido por mail el video de la enfermera de Evita, el 17 de julio de 2025, su compañero de habitación nos contó que esa noche, al llegar la hora del descanso, de pronto Jorge le dijo: "Me voy". El desconocido acompañante le contestó: "Yo también, hasta mañana", suponiendo una despedida de buenas noches. Pero Jorge le insistió: "No, me voy". Y allí se quedó dormido para siempre, salvo para su esposa e hijo, y para mí en su diaria matutina alegría que me hacía comenzar el día como si oliese un jazmín.

¿Qué ocurre en ese momento, que jamás podremos relatar a los que sigan, que nos clava la certeza de que ya nos vamos? ¿Cómo es que lo sabremos, en un instante preciso, fugaz e intransmisible? Tal el contacto, misterioso, entre dos cosas tan distintas, al mismo tiempo tan iguales.


domingo, 9 de marzo de 2025

ESCUELA DEL ODIO




Adolfo, tenido como el más valiente, debía vengar la afrenta. Lo miró fijo a David, con el rostro inclinado, el mentón apuntando al suelo y las pupilas desbordándose por sobre los parpados superiores. Sus ojos pardos eran dos penetrantes llamas de fuego que perforaban el espacio que los unía. En realidad que los separaba. En realidad que fungía como frontera caliente próxima a incendiarse. La mandíbula apretada y las fosas nasales palpitantes y transpiradas exhibían la rabia contenida del cazador frustrado por la acción del otro que se le había adelantado. Su alma estaba llena de odio. La presa ya no era suya. Era de su contrincante. Lo que me hizo –hervía en su cerebro- es una canallada intolerable. Le tocaba a Adolfo ponerse en posición, apuntar y disparar. Pero el otro, acechando desde lo oculto, con incalificable astucia, se le adelantó y lanzó el proyectil que pasó por sobre su hombro y dio en el blanco con tal perfección que pareció puesto con la mano. Para colmo -esto fue lo peor- el autor de la humillación era un moreno, judío, de actitudes amaneradas e hijo de un pobre comerciante de baratijas en la feria del pueblo, además comunista y protestón.  Sintió que tamaña afrenta era imposible de resolver de otra forma que mediante una mortífera estocada. Es que no podía aceptarse que lo hiciera quedar, frente a los demás muchachos, como un pavote incapaz de cargarse él al animal. Sorprendido por la astucia de David, quedó como un ser inferior. Entonces fue cuando con el rostro encendido por el odio se volteó, miró fijo al osado judío con los ojos desbordados y la mandíbula apretada como para romperse los molares.  Le apuntó a la frente. La alarma fue general. Hubo gritos y llamados a la cordura. Pero nada lo detuvo. Mantuvo la mira en la frente del que lo había humillado. El otro observaba impávido la reacción desmedida del arma apuntándole. Pero él tenía la suya: el cerebro. Al cabo de unos segundos, Adolfo tensó sus manos y sin dudar disparó. Pero David, el hijo del pobre comerciante de baratijas venía calculando los movimientos y los tiempos. Con velocidad digna de artes marciales amagó moverse hacia un lado, pero como si hubiese sido un espejismo dio un brinco de media vuelta y apareció enseguida corrido hacia el otro. El proyectil siguió viaje, sin tocarlo, para perderse a lo lejos, indignamente, en algún lugar del extenso pastizal. Las risotadas fueron generales. Hubo insultos a Adolfo por su desmedida reacción y palmadas de felicitación a David por su destreza e inteligencia.

Había ocurrido que, a las ocho de la mañana de un cálido domingo de junio de 1897, un grupo de chicos salieron de caza menor por las estepas que se abrían en los alrededores de Braunau am Inn, en el viejo Imperio Austro Húngaro. Tenían permiso de sus padres hasta el mediodía. Avanzaban en el monte buscando víctimas para sus travesuras. Las víctimas eran esos palomones que solían descansar en las altas ramas de los abetos o en las líneas de las alambradas que dividían los campos. Las armas eran hondas, algunas especiales, de madera torneada y elásticos duros que aseguraban la fuerza del impacto de las piedras en el cuerpo del ave caída en desgracia. Otras eran más modestas, hechas con los escasos recursos de los pobres. Pero en todo caso, siempre, más que de la calidad del arma, de lo que se trataba era de la experiencia y la astucia del tirador. En el grupo de chicos que esa mañana salieron de caza, estaban Adolfo y David. Aquél volvió a su casa a las doce llorando de rabia contenida. El otro, feliz por su hazaña y el reconocimiento logrado.

Ocurrió después, en el verano de 1921, que Adolfo se convirtió en un encendido orador, embargado de un odio que lo alimentaba y lo seguía carcomiendo desde lo más profundo de sus entrañas. Odio nacido de historias, resentimientos y frustraciones pasadas. En 1922 tenía ya una enorme cantidad de fanáticos seguidores que odiaban a su par. Entonces se convenció de que su motor era ese odio que portaba y que le venía de tiempos remotos de resentimientos contenidos. Advirtió que otro odio yacía también dormido en lo más profundo del alma sufrida de su pueblo. Juntó los dos odios y se dispuso a la locura. Yo soy el anhelo de mi nación, se dijo. Y volvió a empuñar unas armas, que ya no eran hondas finamente torneadas con elásticos seguros, sino el hierro de la muerte y el fuego de las hogueras. Tenía que vengar por fin la afrenta. Pero ya no era solo sobre aquel David, ni un moreno, un amanerado o un pobre comerciante de baratijas en la feria del pueblo, comunista y protestón, sino sobre millones.

Otros Adolfos crecen hoy en el extenso pastizal de nuestro mundo y de nuestras vidas.