¿Qué fue de nuestro ser antes de nacer? ¿Qué será de
nuestra consciencia luego de la muerte? Probablemente jamás lo sepamos. Solo
sabemos que estamos aquí hoy, en este mundo y en este universo. Nacimos tras
confluir aleatoriamente miles de millones de átomos tras la explosión de una
supernova y una larga evolución, que desembocó en nuestra concepción, en un
tiempo y en un lugar. Ello dio lugar a esto que somos, que es de lo único que estamos
seguros. Todo lo que podemos saber es a partir de lo que percibimos por
nuestros sentidos, incluidos nosotros mismos. Todo lo que nos rodea podemos
conocerlo cada vez más, aunque jamás por completo ni con certeza absoluta. El conocimiento es
un camino individual y colectivo, dinámico y evolutivo, pero sin fin. Todo conocimiento actual sobre algo es
relativo e impreciso, porque mañana algo más se sabrá. Y ese mañana, a su vez,
será también impreciso, porque pasado mañana algo más al conocimiento se añadirá.
Una sola cosa es cierta: de nada podemos estar seguros de manera final, nada
con certeza absoluta. Preguntarse por qué estamos aquí, para qué estamos aquí,
qué fuimos antes y qué pasará después de nuestra muerte, es pretensión vana, perder
el tiempo, dado que tal pregunta es de respuesta imposible. Solo podemos estar
seguros de estar aquí, hoy, en este lugar, de que solo buscamos entenderlo, cada
vez más, pero dificilmente alguna vez de manera completa y definitiva. Y que esto
sucede en un corto período delimitado por dos oscuridades, en el cual estamos con nuestros sentidos abiertos a la realidad como efímeras
flores y deseos incandescentes, como el breve destello de un fósforo.
lunes, 26 de enero de 2026
DE FLORES Y FÓSFOROS
miércoles, 21 de enero de 2026
EL DIÁLOGO DE LOS MELIOS
Entre los años
431 y 404 antes de Cristo, Atenas y Esparta eran potencias regionales. En ese
período se enfrentaron en lo que se conoce como las Guerras del Peloponeso, por el control y hegemonia sobre el
territorio e islas de Grecia. Uno de los episodios más destacados de esa guerra
se conoció como El diálogo de los melios,
cuya lección forma parte de la realidad humana y llega hasta nuestros días.
Consistió en lo siguiente. Atenas le exigió rendición a la isla de Melos y que a
élla su pueblo pague tributos, no a Esparta. Los melios intentaron dialogar,
apelando a las leyes y a la moral, por lo que no sería justo que Atenas los atacase.
Los atenienses rieron, y su respuesta fue simple: los poderosos hacen lo que su fuerza les permite, y los débiles se
tienen que atener a eso. La justicia solo existe entre iguales. Cuando hay desequilibrio de poder, apelar a
la ley o a la moralidad es ingenuo. Nació así lo que hoy llamamos “realpolitik”:
las acciones se definen no por lo que es legal o justo sino por quien tiene más
poder. Ante esa respuesta, los melios rechazaron rendirse, pensaron que su
honor iba a bastar y que, como era injusto, Esparta los iba a ayudar.
Obviamente tal cosa no ocurrió, a Atenas no le interesaron las leyes, los
principios éticos ni morales, mató a todos los hombres de la isla y esclavizó a
las mujeres y niños.
lunes, 1 de diciembre de 2025
¿QUÉ ES UN LIBRO?
La mejor definición que, a mi juicio, ha sido dada acerca de qué es un libro. La mejor porque dice dos verdades, es algo mágico, y es también algo que vence al tiempo, encierra eternidades:
https://www.instagram.com/reel/DPyoWeYkVVe/?igsh=bGI2eGN2ZDduazBk
viernes, 3 de octubre de 2025
LA MALDICIÓN DE HOY
Doblé la esquina y encaré la última cuadra. Las baldosas se estiraban hasta llegar a los primeros escalones del vestíbulo. La gruesa puerta de vidrio cedió y dejó que entre. Allí estaba el recibidor, la lámpara de pie, los dos sillones individuales de vieja pana verde, el revistero de hierro forjado lleno de boletas de servicios, el enorme espejo en una pared lateral y en la opuesta la reproducción de un cuadro de Quinquela. El de los que hombrean bolsas cruzando por un tablón de una embarcación a otra, mientras el atardecer pinta de rojo unos trazos de nubes a lo lejos. Son dos hombres que trabajan. Que por lo menos tienen trabajo. Llegué hasta el ascensor, a un costado de la escalera. Me decidí por ésta, algo de ejercicio no vendría mal, un tercer piso no es imposible. El felpudo de yute y sisal al pie de la puerta me dijo bienvenidos, en plural. Pero estaba yo solo. Apreté el timbre. Oí su sonido parecido al graznido de un ganso. Al rato unos pasos hechos de tacones, la mirilla que se abrió y un ojo, que desconté era el suyo, buscando comprobar la identidad de la visita. Fui en tren de consuelo. Lo imaginaba como seguro. La puerta se abrió aunque no pareció hacerlo con ansiedad. Se me presentó vencida. Estaba vestida de una manera como para proponer asistir a un discurso, a una clase de matemáticas, algo así. Podría haber sido un feliz encuentro de amor. Pero este tiempo y quienes disponen de estas horas lo hacen de hiel. Su sonrisa escueta y el leve beso en la mejilla me confirmó su zozobra, y que la alfombra solo había transmitido una palabra de compromiso, como si fuese un mero petroglifo garabateado sin convicción al pie de un peñasco. Con un gesto ella me invitó a sentarme en el sofá. Sin mirarme. Solo la mano señalando vagamente. Estaba transida por un dolor de desasosiego. Hice caso. Ella acomodó unas revistas en la mesa ratona, miró fugazmente hacia la noche del otro lado de la ventana, como para darse tiempo, como preludio improvisado para el abordaje principal. Como para alejar un poco el momento de hacer expreso el colapso. Dio media vuelta, siempre sin mirarme a los ojos, y se dejó caer en el sillón, frente a mí. Sus grandes ojos negros, de puro azabache, por fin me atacaron y me hipnotizaron. Pero no de amor en ese momento. Yo supe que no fue así, desde el momento en que, al escuchar su voz en el teléfono, me pidió que fuera por ella. Su nariz pequeña y respingada me excita mares. Su pelo castaño agresivamente revoltoso acelera mi corazón. Su piel trigueña y suave me da tibieza. Sus labios son atrevidos. Aunque en ese momento toda ella estaba hecha de doloroso abandono. Como cachorro maliciosamente abandonado, de pronto, al costado de la ruta. Entonces movió su boca para dejar decir algo. Y en ese momento sí, se produjo el disparo. Un disparo mortal que me dio en medio del pecho, me atravesó el esternón y, sin más, nos hundió en este perverso presente. Me echaron del trabajo, dijo. Fue todo lo que dijo. Fue lo que imaginé desde que oí su voz teblorosa en el teléfono. La maldición de hoy.
jueves, 11 de septiembre de 2025
"ME VOY"
Hace un rato, azarosamente, pude ver el vídeo María Eugenia Álvarez, la enfermera de Eva
Perón. https://youtu.be/k7Rg5rLjQCs?si=Re2dtXiqxzpLNyZ0 / Me
lo habían enviado por mail el 27 de julio. Fueron días complicados por el
reciente fallecimiento de mí socio Jorge, por lo que no pude verlo en ese
momento. María Eugenia es adorable. Escucharla es darse cuenta en directo y sin
sesudos análisis políticos qué era exactamente el alma del peronismo. Por qué
es un sentimiento y no una ecuación. Pero hay algo que ella, la enfermera de
Evita, relata, que me llevó a otro lado, me hizo acomodarme en el sillón como
quien se ve de pronto sorprendido por algo que barrunta misterioso.
Maria Eugenia asistió al fallecimiento de Evita. Al lado de
su última cama, acariciándole las mejillas. "Me voy", dijo que en un
momento le oyó decir a Evita. Era el 26 de julio de 1952 a las 20,24 horas.
"Yo también" le contestó María Eugenia, refiriéndose a qué también
ella se retiraría a descansar por ese día. Pero Evita insistió: "No, te
digo que me voy". Entonces Evita cerró los ojos y se durmió para quedarse
por siempre en los corazones de los humildes. Eran las 20,25 horas.
Y lo extraño del caso, que me estremeció y me hizo acomodarme
en el sillón al escuchar ese relato, que resulta ser un misterioso contacto entre ambas historias, es que tras el fallecimiento de mí socio diez días atrás de
haber recibido por mail el video de la enfermera de Evita, el 17 de julio de
2025, su compañero de habitación nos contó que esa noche, al llegar la hora del
descanso, de pronto Jorge le dijo: "Me voy". El desconocido
acompañante le contestó: "Yo también, hasta mañana", suponiendo una
despedida de buenas noches. Pero Jorge le insistió: "No, me voy". Y
allí se quedó dormido para siempre, salvo para su esposa e hijo, y para mí en
su diaria matutina alegría que me hacía comenzar el día como si oliese un
jazmín.
¿Qué ocurre en ese momento, que jamás podremos relatar a los
que sigan, que nos clava la certeza de que ya nos vamos? ¿Cómo es que lo
sabremos, en un instante preciso, fugaz e intransmisible? Tal el contacto,
misterioso, entre dos cosas tan distintas, al mismo tiempo tan iguales.
domingo, 9 de marzo de 2025
ESCUELA DEL ODIO
Adolfo, tenido como el más valiente, debía vengar la afrenta. Lo miró
fijo a David, con el rostro inclinado, el mentón apuntando al suelo y las
pupilas desbordándose por sobre los parpados superiores. Sus ojos pardos eran dos
penetrantes llamas de fuego que perforaban el espacio que los unía. En realidad
que los separaba. En realidad que fungía como frontera caliente próxima a
incendiarse. La mandíbula apretada y las fosas nasales palpitantes y
transpiradas exhibían la rabia contenida del cazador frustrado por la acción
del otro que se le había adelantado. Su alma estaba llena de odio. La presa ya
no era suya. Era de su contrincante. Lo que me hizo –hervía en
su cerebro- es una canallada intolerable. Le tocaba a Adolfo ponerse
en posición, apuntar y disparar. Pero el otro, acechando desde lo oculto, con
incalificable astucia, se le adelantó y lanzó el proyectil que pasó por sobre
su hombro y dio en el blanco con tal perfección que pareció puesto con la mano.
Para colmo -esto fue lo peor- el autor de la humillación era un moreno, judío,
de actitudes amaneradas e hijo de un pobre comerciante de baratijas en la feria
del pueblo, además comunista y protestón. Sintió que tamaña afrenta era
imposible de resolver de otra forma que mediante una mortífera estocada. Es que
no podía aceptarse que lo hiciera quedar, frente a los demás muchachos, como un
pavote incapaz de cargarse él al animal. Sorprendido por la astucia de David,
quedó como un ser inferior. Entonces fue cuando con el rostro encendido por el
odio se volteó, miró fijo al osado judío con los ojos desbordados y la
mandíbula apretada como para romperse los molares. Le apuntó a la frente.
La alarma fue general. Hubo gritos y llamados a la cordura. Pero nada lo
detuvo. Mantuvo la mira en la frente del que lo había humillado. El otro
observaba impávido la reacción desmedida del arma apuntándole. Pero él tenía la
suya: el cerebro. Al cabo de unos segundos, Adolfo tensó sus manos y sin dudar
disparó. Pero David, el hijo del pobre comerciante de baratijas venía
calculando los movimientos y los tiempos. Con velocidad digna de artes
marciales amagó moverse hacia un lado, pero como si hubiese sido un espejismo
dio un brinco de media vuelta y apareció enseguida corrido hacia el otro. El
proyectil siguió viaje, sin tocarlo, para perderse a lo lejos, indignamente, en
algún lugar del extenso pastizal. Las risotadas fueron generales. Hubo insultos
a Adolfo por su desmedida reacción y palmadas de felicitación a David por su
destreza e inteligencia.
Había
ocurrido que, a las ocho de la mañana de un cálido domingo de junio de 1897, un
grupo de chicos salieron de caza menor por las estepas que se abrían en los
alrededores de Braunau am Inn, en el viejo Imperio Austro Húngaro.
Tenían permiso de sus padres hasta el mediodía. Avanzaban en el monte buscando
víctimas para sus travesuras. Las víctimas eran esos palomones que solían
descansar en las altas ramas de los abetos o en las líneas de las alambradas
que dividían los campos. Las armas eran hondas, algunas especiales, de madera
torneada y elásticos duros que aseguraban la fuerza del impacto de las piedras
en el cuerpo del ave caída en desgracia. Otras eran más modestas, hechas con
los escasos recursos de los pobres. Pero en todo caso, siempre, más que de la
calidad del arma, de lo que se trataba era de la experiencia y la astucia del
tirador. En el grupo de chicos que esa mañana salieron de caza, estaban Adolfo
y David. Aquél volvió a su casa a las doce llorando de rabia contenida. El
otro, feliz por su hazaña y el reconocimiento logrado.
Ocurrió
después, en el verano de 1921, que Adolfo se convirtió en un encendido orador,
embargado de un odio que lo alimentaba y lo seguía carcomiendo desde lo más
profundo de sus entrañas. Odio nacido de historias, resentimientos y
frustraciones pasadas. En 1922 tenía ya una enorme cantidad de fanáticos
seguidores que odiaban a su par. Entonces se convenció de que su motor era ese
odio que portaba y que le venía de tiempos remotos de resentimientos
contenidos. Advirtió que otro odio yacía también dormido en lo más profundo del
alma sufrida de su pueblo. Juntó los dos odios y se dispuso a la locura. Yo
soy el anhelo de mi nación, se dijo. Y volvió a empuñar unas armas, que ya
no eran hondas finamente torneadas con elásticos seguros, sino el hierro de la
muerte y el fuego de las hogueras. Tenía que vengar por fin la afrenta. Pero ya
no era solo sobre aquel David, ni un moreno, un amanerado o un pobre
comerciante de baratijas en la feria del pueblo, comunista y protestón, sino
sobre millones.
Otros
Adolfos crecen hoy en el extenso pastizal de nuestro mundo y de nuestras vidas.
lunes, 13 de enero de 2025
ACLARACIÓN NECESARIA
Para los seguidores de SOLOS EN LA BIBLIOTECA.
En cada uno de mis posteos pido hagan clic en SEGUIR. Eso me ayuda para la difusión del Blog. Recientemente me han aclarado que casi todos quienes siguen mis relatos lo hacen desde el teléfono celular, que presenta un formato distinto al que se aprecia en la computadora. Allí no aparece el botón "SEGUIR".
Entonces es necesaria la siguiente recomendación para quienes quieran seguir mi Blog y usen el celular: una vez ingresados al Blog, desde el teléfono celular deben bajar hasta el último posteo que aparece, y allí encontrarán, debajo de un enlace que dice INICIO en fondo azul, un link que dice "Ver versión web". Cliqueando allí remitirá al formato original del Blog que aparece en las computadoras, fondo beige, sobre cuyo costado izquierdo, debajo de la lista de seguidores, sí aparece el enlace Seguir, sobre recuadro azul. Allí deben cliquear quienes deseen seguir mis posteos literarios.
Espero sirva la aclaración... y me sigan.
Afectuosa y literariamente
