Pese a sus piernas cansadas subía por
las escaleras, cuatro pisos. Le tenía recelo a los ascensores desde que una
álgida mañana quedó encerrado, entre dos pisos, y tuvieron que sacarlo los
bomberos con riesgo de decapitación. Extraía el llavero y sus manos temblorosas
buscaban una. Abría la puerta de su despacho y los goznes chirriaban, como todos
los días. Volvía a pensar en el empleado de mantenimiento y en pedirle que
lubricase los goznes, cosa que olvidaría ni bien encendiera la luz de la
oficina. Veía el espectáculo de su escritorio repleto de expedientes, que
funcionaba como una diaria y mortificante recepción matinal. El título de
abogado le había servido para sumar veintinueve años y diez meses de empleado
judicial. Oficial primero del juzgado los últimos cuatro, su máximo logro en la
carrera. Ni siquiera secretario. Solo sesenta días le quedaban para su retiro.
Durante esos años vio ascender una gran cantidad de jóvenes abogados, que desde
la mesa de entradas llegaban meteóricamente a secretarios, defensores
oficiales, fiscales y jueces, camaristas y hasta jueces de casación. Eran hijos, sobrinos, primos, cónyuges, de otros
magistrados, quienes a su vez lo habían sido de otros anteriores, cuyos nombres
pocos recordaban, o se salvaron apenas del olvido, porque en una línea entre
decenas, estaban grabados sus nombres en alguna placa de bronce, de esas que
recuerdan la inauguración del edificio. Se desplomaba en el sillón y se quedaba
por un largo rato contemplando la pila de papeles caratulados. Lo hacía con una
mezcla de odio y resignación, como buscando embrujarlos para que se resolviesen
solos, y a la vez hacerlos desaparecer imaginando una repentina hoguera. Lo
primero que se vio hacer no fue abrir uno de ellos, sino apretar el botón del
intercomunicador que llamaba al empleado de maestranza. Se vio pidiéndole el café
grande y cargado de todas las mañanas, excusa para dilatar el inicio de la
tediosa, burocrática labor, que le hacía reir cuando la llamaban administrar justicia.
Dos golpes en la puerta y llegaba el empleado con el café. Los goznes volvían a
chirriar, el a recordar el lubricante y a volver a olvidarlo. En el piso inferior
un arreglo que llevaba días, de mampostería o de bibliotecas, no lo sabía bien,
incluía el uso del que imaginaba un gran taladro eléctrico. La insistencia del
invisible rotor repercutía en el suelo sobre el que estaba plantado su sillón,
su escritorio y su café. Las vibraciones, como todos los últimos días, llegaban
al líquido negro produciendo ondas, parecidas a un minúsculo maremoto. Contemplaba
las ondas, hipnotizado, como niño ante un fenómeno natural, una aurora boreal,
un eclipse, el desprendimiento de un glaciar, un repentino rayo en la tormenta.
Su rostro se serenaba en la contemplación, como sumergido en una meditación
zen. El café se enfriaba, de lo cual no tenía noticias, como todos los días,
porque de pronto se abria una puerta lateral con impulso de autoridad. El juez
con un expediente nuevo, que arrojaba displicente sobre su escritorio, pidiendo,
con monárquica potestad, la urgente redacción de un auto denegando la
excarcelación solicitada por la defensa. El pedido, como siempre, impersonal, dirigido
a las paredes y a los muebles. Se lea, se redacte, se deniegue. La puerta
lateral se cerraba después con idéntico ímpetu y el juez ya no estaba. El oficial
primero volvía de pronto de su encantamiento. El taladro seguía entregando vibraciones.
Su mano derecha quedaba debajo del voluminoso legajo. Así, se respaldaba y cerraba
los ojos. Su mente iba hacia los serros irregulares y brumosos de la infancia, dibujados
en el horizonte de la tranquila provincia en la que de niño gozaba vacaciones.
Y veía el valle verde y cercano, y el gato blanco, de algodón, dormido sobre la
gruesa columna que sostenía la tranquera. Y veía las gallinas batarazas, oía el
llamado de la abuela y el despreocupado relincho de Zafira, la yegua overa del
sulky bueno. Y aparecía también la honda criminal que solo usó una vez con
culpa, y la colección de piedras con mica que guardaba en la caja de zapatos
que le regaló el nonno. Sonreía y movía
los labios, como hablándole a la felicidad, como pidiéndole que vuelva con el.
Y de pronto volvía a abrirse con furor la puerta lateral. Otro expediente volaba
y caía sobre el anterior. Su mano quedaba más aprisionada por los legajos.
Léalo. Redacte. Deniegue. Puerta cerrada y ya no más juez ordenando. El volvía
a mover los labios, pero esta vez no expresaba nostalgiosa felicidad, sino
niebla, bruma triste. Se vio deslizando de a poco su mano para liberarla de la
pila de papeles. Con su colmada tristeza, abría la gaveta de su escritorio y
hurgaba hasta encontrarla. La sacaba, la acercaba a sus ojos, la inspeccionaba
serenamente. Fragata. Y por fin se decidía. La pólvora ardía y los papeles de
todos los casos crepitaban y se convertian en lenguas amarillas, rojas y
blancas, que se reflejaban en los vidrios de la biblioteca. Reía y disfrutaba
como aquel niño en las sierras. Las llamas devoraban todo mal y todo perjuicio.
Ya no había motivo para penas, pensaba. Las del alma y tampoco las del código
penal. Se hacía justicia, resonaba en su cerebro dormido. Y a la vez lo invadía
un insoportable temor. Empezó a temblar. Entonces despertó, agitado y empapado en
sudor. Las cinco y media de la mañana, media hora antes de que sonara la alarma.
Se sentó en la cama, buscó con relativa suerte recomponer los trebejos caóticos
y los fantasmas de la pesadilla. Se dio una ducha. Desayunó con más tiempo. Se
preparó despacio. Cumplió con los rituales de siempre. Y salió. Al rato, a las
ocho menos cinco, pese a sus pies cansados, subió por las escaleras. Cuatro
pisos. Llegó jadeando, como siempre. Buscó la llave. Oyó el chirrido de los
goznes, encendió la luz, vio los expedientes, se derrumbó en el sillón y pidió
un café grande, cargado, mientras el taladro continuaba su incesante trabajo. Abrió
la gaveta para comprobarlo. Efectivamente, allí estaba la cajita de fósforos
que guardaba con celo, como recuerdo del día en que se dio valor y dejó de
fumar. Fragata. Siempre le llamó la atención lo paradojal de esa marca. Algo
acuático que produce fuego. Sonriendo, pensó en el último día de los sesenta
que le faltaban.
jueves, 26 de marzo de 2026
EL ÚLTIMO DÍA
sábado, 28 de febrero de 2026
BREVE MANUAL SOBRE JUSTICIA Y RELIGIÓN
Recorriendo mi infinita y eterna biblioteca, buscando
qué releer, abrí por pura aleatoria decisión un viejo tomo de Jurisprudencia
Argentina, en realidad no tan viejo, de mil novecientos ochenta y algo. Me
movió la curiosidad por ver qué dirían los magistrados sobre la justicia en
aquel momento, previo a la Reforma Constitucional de 1994, esa tan importante
pese a que cometió dos graves errores. Mientras inquiría algunos viejos
conceptos, recordé aquellas primeras lecciones y discusiones académicas sobre
qué es justicia. Me dije que en definitiva debía ser una respuesta muy difícil,
dado que tanto necesita escribirse y discutir al respecto, dado que exige
tantos tomos y tantos anaqueles. Reparé en cuánto los seres humanos han pedido
a Dios por justicia, al mismo tiempo que escrito tanto. Como si el azar buscara
proponerme una respuesta, ocurrió que al pasar algunas hojas del grueso
volumen, encontré una hoja de papel acerado, manuscrita y sin firma. Decía:
“El volumen de la religión es inversamente
proporcional al conocimiento de la naturaleza y a la posibilidad de las
personas de satisfacer sus necesidades naturales y materiales.
Las clases y sectores dominantes se valen de esa
condición psicológica humana, para evitar que las mayorías transiten el único camino
verdadero de su salvación, porque de tal manera la mantienen en confusión, adormecen
y desvían de las acciones adecuadas.
En la antigüedad, antes de que le ciencia diera sus
primeros pasos, los males, las desgracias, la venturas, desventuras e
injusticias se atribuían a la ira o a la bondad y clemencia de los dioses. El
sol, la luna, las estrellas, los climas y demás fenómenos naturales, eran
manifestaciones del ánimo de los dioses. Hoy se sabe, gracias a la ciencia, que
todo eso no es así, que todos los fenómenos naturales tienen una explicación
material, que la justicia y la injusticia son consecuencia de la voluntad de los
seres humanos, que somos quienes podemos intervenir la naturaleza y modificarla
para ponerla a nuestro servicio. Pero las clases dominantes se las han
ingeniado para apropiarse en mayor medida de los resultados de esa capacidad,
para cuyo fin siguen valiéndose de las religiones, de modo que las mayorías han
trocado la atribución de deidad al sol, a la luna o a las estrellas, por la
creencia de que las religiones o un dios tan trascendente como inasible pueden
intervenir para ayudar a los débiles y explotados, aun sabiendo que la única
forma de derribar un muro o desviar una corriente de agua es mediante una bola
de demolición, un martillo hidráulico o una represa, respectivamente. Por este
motivo es que hoy, la inmensa mayoría de las personas en el mundo, aun sabiendo
a ciencia cierta que ante cualquier enfermedad se recurre a la medicina, que
para conocer las razones del clima se recurre a los climatólogos y a las
ciencias de la atmósfera, y que para construir un edificio o lanzar una nave
espacial a Júpiter se recurre a los ingenieros y físicos, no obstante esa misma
inmensa mayoría persiste en la atribución de sus males, justicias o
injusticias, o la satisfacción de sus necesidades, a dioses y seres ilusorios
de los que no existe y nunca existió evidencia alguna.
Esa persistencia, de un hoy contradictorio volumen
religioso, pese a la consciencia de que las únicas respuestas reales las dan el
conocimiento y la ciencia, se debe a que es una herramienta alimentada por
quienes dominan y acaparan materialmente la mayor cantidad de bienestar, en
detrimento de las mayorías. Así, las mayorías, aun sabiendo que su enfermedad
la sanará la ciencia médica y la salud pública, que su bienestar dependerá de
una política económica solidaria e igualitaria en su distribución, es decir
justa, no obstante, rezan a una entelequia mental para que tales resultados se
produzcan.
Dictadores, genocidas, oligarcas, explotadores de toda
laya que dominan a las sociedades mundiales, siempre se muestran como personas
de profunda fe religiosa, sostienen ostentosamente las distintas instituciones
clericales y encabezan sus ceremonias, inclusive muchas basan su autoridad en
supuestos mandatos divinos. Son todas ficciones, actos la mayor de las veces
ostensiblemente hipócritas, que carecen de la más mínima razonabilidad y
posibilidad de demostración. Pero para neutralizar el descontento social ante
las injusticias de sus actos, no recurren a rezos, plegarias a los dioses o
procesiones sosteniendo imágenes supuestamente sagradas, para que les ayuden a
preservar sus privilegios, por el contrario, recurren a las medidas de opresión
y dominación, a las armas de destrucción masiva y a las tanquetas para reprimir,
que las construyen siguiendo estrictamente los conocimientos que proporciona la
ingeniería, la física y la ciencia en general”.
Qué sesuda reflexión, me dije. Pero doblé rápidamente
la hoja, cerré el libraco y lo devolví al olvido en su indefinido lugar del
estante. Temí ser por algún dios castigado como hereje, por haber dado pábulo a
semejante osada teoría.
lunes, 26 de enero de 2026
DE FLORES Y FÓSFOROS
¿Qué fue de nuestro ser antes de nacer? ¿Qué será de
nuestra consciencia luego de la muerte? Probablemente jamás lo sepamos. Solo
sabemos que estamos aquí hoy, en este mundo y en este universo. Nacimos tras
confluir aleatoriamente miles de millones de átomos tras la explosión de una
supernova y una larga evolución, que desembocó en nuestra concepción, en un
tiempo y en un lugar. Ello dio lugar a esto que somos, que es de lo único que estamos
seguros. Todo lo que podemos saber es a partir de lo que percibimos por
nuestros sentidos, incluidos nosotros mismos. Todo lo que nos rodea podemos
conocerlo cada vez más, aunque jamás por completo ni con certeza absoluta. El conocimiento es
un camino individual y colectivo, dinámico y evolutivo, pero sin fin. Todo conocimiento actual sobre algo es
relativo e impreciso, porque mañana algo más se sabrá. Y ese mañana, a su vez,
será también impreciso, porque pasado mañana algo más al conocimiento se añadirá.
Una sola cosa es cierta: de nada podemos estar seguros de manera final, nada
con certeza absoluta. Preguntarse por qué estamos aquí, para qué estamos aquí,
qué fuimos antes y qué pasará después de nuestra muerte, es pretensión vana, perder
el tiempo, dado que tal pregunta es de respuesta imposible. Solo podemos estar
seguros de estar aquí, hoy, en este lugar, de que solo buscamos entenderlo, cada
vez más, pero dificilmente alguna vez de manera completa y definitiva. Y que esto
sucede en un corto período delimitado por dos oscuridades, en el cual estamos con nuestros sentidos abiertos a la realidad como efímeras
flores y deseos incandescentes, como el breve destello de un fósforo.
miércoles, 21 de enero de 2026
EL DIÁLOGO DE LOS MELIOS
Entre los años
431 y 404 antes de Cristo, Atenas y Esparta eran potencias regionales. En ese
período se enfrentaron en lo que se conoce como las Guerras del Peloponeso, por el control y hegemonia sobre el
territorio e islas de Grecia. Uno de los episodios más destacados de esa guerra
se conoció como El diálogo de los melios,
cuya lección forma parte de la realidad humana y llega hasta nuestros días.
Consistió en lo siguiente. Atenas le exigió rendición a la isla de Melos y que a
élla su pueblo pague tributos, no a Esparta. Los melios intentaron dialogar,
apelando a las leyes y a la moral, por lo que no sería justo que Atenas los atacase.
Los atenienses rieron, y su respuesta fue simple: los poderosos hacen lo que su fuerza les permite, y los débiles se
tienen que atener a eso. La justicia solo existe entre iguales. Cuando hay desequilibrio de poder, apelar a
la ley o a la moralidad es ingenuo. Nació así lo que hoy llamamos “realpolitik”:
las acciones se definen no por lo que es legal o justo sino por quien tiene más
poder. Ante esa respuesta, los melios rechazaron rendirse, pensaron que su
honor iba a bastar y que, como era injusto, Esparta los iba a ayudar.
Obviamente tal cosa no ocurrió, a Atenas no le interesaron las leyes, los
principios éticos ni morales, mató a todos los hombres de la isla y esclavizó a
las mujeres y niños.
lunes, 1 de diciembre de 2025
¿QUÉ ES UN LIBRO?
La mejor definición que, a mi juicio, ha sido dada acerca de qué es un libro. La mejor porque dice dos verdades, es algo mágico, y es también algo que vence al tiempo, encierra eternidades:
https://www.instagram.com/reel/DPyoWeYkVVe/?igsh=bGI2eGN2ZDduazBk
viernes, 3 de octubre de 2025
LA MALDICIÓN DE HOY
Doblé la esquina y encaré la última cuadra. Las baldosas se estiraban hasta llegar a los primeros escalones del vestíbulo. La gruesa puerta de vidrio cedió y dejó que entre. Allí estaba el recibidor, la lámpara de pie, los dos sillones individuales de vieja pana verde, el revistero de hierro forjado lleno de boletas de servicios, el enorme espejo en una pared lateral y en la opuesta la reproducción de un cuadro de Quinquela. El de los que hombrean bolsas cruzando por un tablón de una embarcación a otra, mientras el atardecer pinta de rojo unos trazos de nubes a lo lejos. Son dos hombres que trabajan. Que por lo menos tienen trabajo. Llegué hasta el ascensor, a un costado de la escalera. Me decidí por ésta, algo de ejercicio no vendría mal, un tercer piso no es imposible. El felpudo de yute y sisal al pie de la puerta me dijo bienvenidos, en plural. Pero estaba yo solo. Apreté el timbre. Oí su sonido parecido al graznido de un ganso. Al rato unos pasos hechos de tacones, la mirilla que se abrió y un ojo, que desconté era el suyo, buscando comprobar la identidad de la visita. Fui en tren de consuelo. Lo imaginaba como seguro. La puerta se abrió aunque no pareció hacerlo con ansiedad. Se me presentó vencida. Estaba vestida de una manera como para proponer asistir a un discurso, a una clase de matemáticas, algo así. Podría haber sido un feliz encuentro de amor. Pero este tiempo y quienes disponen de estas horas lo hacen de hiel. Su sonrisa escueta y el leve beso en la mejilla me confirmó su zozobra, y que la alfombra solo había transmitido una palabra de compromiso, como si fuese un mero petroglifo garabateado sin convicción al pie de un peñasco. Con un gesto ella me invitó a sentarme en el sofá. Sin mirarme. Solo la mano señalando vagamente. Estaba transida por un dolor de desasosiego. Hice caso. Ella acomodó unas revistas en la mesa ratona, miró fugazmente hacia la noche del otro lado de la ventana, como para darse tiempo, como preludio improvisado para el abordaje principal. Como para alejar un poco el momento de hacer expreso el colapso. Dio media vuelta, siempre sin mirarme a los ojos, y se dejó caer en el sillón, frente a mí. Sus grandes ojos negros, de puro azabache, por fin me atacaron y me hipnotizaron. Pero no de amor en ese momento. Yo supe que no fue así, desde el momento en que, al escuchar su voz en el teléfono, me pidió que fuera por ella. Su nariz pequeña y respingada me excita mares. Su pelo castaño agresivamente revoltoso acelera mi corazón. Su piel trigueña y suave me da tibieza. Sus labios son atrevidos. Aunque en ese momento toda ella estaba hecha de doloroso abandono. Como cachorro maliciosamente abandonado, de pronto, al costado de la ruta. Entonces movió su boca para dejar decir algo. Y en ese momento sí, se produjo el disparo. Un disparo mortal que me dio en medio del pecho, me atravesó el esternón y, sin más, nos hundió en este perverso presente. Me echaron del trabajo, dijo. Fue todo lo que dijo. Fue lo que imaginé desde que oí su voz teblorosa en el teléfono. La maldición de hoy.
jueves, 11 de septiembre de 2025
"ME VOY"
Hace un rato, azarosamente, pude ver el vídeo María Eugenia Álvarez, la enfermera de Eva
Perón. https://youtu.be/k7Rg5rLjQCs?si=Re2dtXiqxzpLNyZ0 / Me
lo habían enviado por mail el 27 de julio. Fueron días complicados por el
reciente fallecimiento de mí socio Jorge, por lo que no pude verlo en ese
momento. María Eugenia es adorable. Escucharla es darse cuenta en directo y sin
sesudos análisis políticos qué era exactamente el alma del peronismo. Por qué
es un sentimiento y no una ecuación. Pero hay algo que ella, la enfermera de
Evita, relata, que me llevó a otro lado, me hizo acomodarme en el sillón como
quien se ve de pronto sorprendido por algo que barrunta misterioso.
Maria Eugenia asistió al fallecimiento de Evita. Al lado de
su última cama, acariciándole las mejillas. "Me voy", dijo que en un
momento le oyó decir a Evita. Era el 26 de julio de 1952 a las 20,24 horas.
"Yo también" le contestó María Eugenia, refiriéndose a qué también
ella se retiraría a descansar por ese día. Pero Evita insistió: "No, te
digo que me voy". Entonces Evita cerró los ojos y se durmió para quedarse
por siempre en los corazones de los humildes. Eran las 20,25 horas.
Y lo extraño del caso, que me estremeció y me hizo acomodarme
en el sillón al escuchar ese relato, que resulta ser un misterioso contacto entre ambas historias, es que tras el fallecimiento de mí socio diez días atrás de
haber recibido por mail el video de la enfermera de Evita, el 17 de julio de
2025, su compañero de habitación nos contó que esa noche, al llegar la hora del
descanso, de pronto Jorge le dijo: "Me voy". El desconocido
acompañante le contestó: "Yo también, hasta mañana", suponiendo una
despedida de buenas noches. Pero Jorge le insistió: "No, me voy". Y
allí se quedó dormido para siempre, salvo para su esposa e hijo, y para mí en
su diaria matutina alegría que me hacía comenzar el día como si oliese un
jazmín.
¿Qué ocurre en ese momento, que jamás podremos relatar a los
que sigan, que nos clava la certeza de que ya nos vamos? ¿Cómo es que lo
sabremos, en un instante preciso, fugaz e intransmisible? Tal el contacto,
misterioso, entre dos cosas tan distintas, al mismo tiempo tan iguales.
