¡Hey!
Vos, narcisista, megalómano, matón, dentro de no mucho vas a morir. Te
recordarán por un tiempo algunos, o muchos, pero pasadas unas horas, menos de
las que imaginás, solo serás un fugaz recuerdo en alguna charla perdida. Una
mera palabra en el renglón de algún libro, el fugaz recuerdo de una espada en
una batalla, el nombre de quien dispuso una invasión. O serás un cucharón
destacado en la página de un libro de recetas, que un dedo húmedo pronto dejará
por la siguiente. O un legislador que ha dicho algo guardado en registro
taquigráfico en un perdido tomo, de un arrinconado anaquel del ayuntamiento. O
un grabado casi ilegible, parte de otros diez nombres desconocidos, en la
perdida chapa en una pared, conmemorativa vaya a saberse de qué, ante la que
otros, todavía esperando su hora, pasarán sin prestarle la menor atención. O,
también, como es muy probable, absolutamente nadie te recordará jamás por nada
en especial, por lo que ni se sabrá que has existido. Como ocurrió con
Desiderio Nimo Oikonomou. ¿No sabés quien fue y qué hizo? ¿Ves? Nadie supo nada
de él ni bien fue sepultado, en un lugar también desconocido. Solo fuiste un
montón de células apiñadas y conscientes, que por un breve tiempo vivieron con
tu forma y tu cara. Como todos, desde que fuimos homínidos, dentro de no mucho,
serás solo huesos y carne en descomposición, tus vísceras disputadas por gérmenes
voraces, y tus moléculas alimentarán raíces de árboles que hoy desconocés. Tus
átomos volverán al universo desconocido, y los buenos vinos que hoy disfrutás
se evaporarán en el foso en que tus restos quedarán, por un burocrático tiempo
municipal, o desaparecerán en el viento que esparza las cenizas a las que te redujeron.
¡Hey! ¡¿Me escuchás?! Vos, desesperado hoy por acumular poder y repartir tanto
dolor, ¿sabés qué? Tus palacios, tus autos de alta gama, tus yates, tus islas
en el Caribe, tu capacidad de dominio y tus banquetes... solo serán una breve
puesta en escena. Dentro de no mucho, ¿sabés?, de pronto bajará el telón de la
obra de teatro y ya nadie te verá. Seguirá el breve aplauso y a la salida, el
público, que también esperará su hora, solo pensará en cerrar sus abrigos y en
la pizza que con su familia disfrutarán, por un tiempo. ¿Sabés? ¿Para qué
sirven tus ínfulas de magnate y de dominio al resto del mundo? ¿Para qué el
llanto de millones que provocás con tu descontrolada avidez? ¿Para qué sirven
las bombas que arrojás sobre pueblos enteros mientras las familias, en modesta
paz, cenan alrededor de una frugal mesa de pino? No olvides, no lo dudes, después
de que te hartes de oros y de lujos obscenos, de que mates sin límites y a
millones hagas llorar, dentro de no mucho, en una de esas sin que la veas
venir, también te vas a ir y a volver a ser nada, o, mejor dicho, a ser solo
átomos esparcidos en el infinito, sin consciencia alguna de que antes fueron un
órgano vivo, despreciable y criminal, destinado al olvido. En decenas de miles
de años desde que comenzamos a andar por ahí, buscando sobrevivir en este
pequeño pedazo de tierra perdida en el infinito, ningún dios, de esos que
nuestros temores inventaron, vino por nosotros jamás a salvarnos de las
catástrofes naturales, y mucho menos de nuestros propios defectos. ¿Ejemplos?
¿Pruebas? Las tenés en los bolsillos. Tampoco esas fantasías te salvarán de tu
fatal destino de nada y olvido. El catafalco y la procesión será breve, después
la indiferencia. Solo los que repartieron amor por los más débiles, que éstos
son los más, son recordados por más tiempo, a veces mucho más. Pero para vos,
ávido acumulador de poder, demente de gula que no le importa despojar a un niño
de un vaso de leche, solo será el fatal y rápido olvido, minutos después del
titular mediático y unos segundos de desprecio. Solo serás la vuelta a la nada.
La disputa de gusanos en un pozo, moléculas buscando refugio en alguna raiz,
átomos inconscientes volviendo al lugar del que nunca debieron salir.

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