jueves, 26 de marzo de 2026

EL ÚLTIMO DÍA


Pese a sus piernas cansadas subía por las escaleras, cuatro pisos. Le tenía recelo a los ascensores desde que una álgida mañana quedó encerrado, entre dos pisos, y tuvieron que sacarlo los bomberos con riesgo de decapitación. Extraía el llavero y sus manos temblorosas buscaban una. Abría la puerta de su despacho y los goznes chirriaban, como todos los días. Volvía a pensar en el empleado de mantenimiento y en pedirle que lubricase los goznes, cosa que olvidaría ni bien encendiera la luz de la oficina. Veía el espectáculo de su escritorio repleto de expedientes, que funcionaba como una diaria y mortificante recepción matinal. El título de abogado le había servido para sumar veintinueve años y diez meses de empleado judicial. Oficial primero del juzgado los últimos cuatro, su máximo logro en la carrera. Ni siquiera secretario. Solo sesenta días le quedaban para su retiro. Durante esos años vio ascender una gran cantidad de jóvenes abogados, que desde la mesa de entradas llegaban meteóricamente a secretarios, defensores oficiales, fiscales y jueces, camaristas y hasta jueces de casación. Eran hijos, sobrinos, primos, cónyuges, de otros magistrados, quienes a su vez lo habían sido de otros anteriores, cuyos nombres pocos recordaban, o se salvaron apenas del olvido, porque en una línea entre decenas, estaban grabados sus nombres en alguna placa de bronce, de esas que recuerdan la inauguración del edificio. Se desplomaba en el sillón y se quedaba por un largo rato contemplando la pila de papeles caratulados. Lo hacía con una mezcla de odio y resignación, como buscando embrujarlos para que se resolviesen solos, y a la vez hacerlos desaparecer imaginando una repentina hoguera. Lo primero que se vio hacer no fue abrir uno de ellos, sino apretar el botón del intercomunicador que llamaba al empleado de maestranza. Se vio pidiéndole el café grande y cargado de todas las mañanas, excusa para dilatar el inicio de la tediosa, burocrática labor, que le hacía reir cuando la llamaban administrar justicia. Dos golpes en la puerta y llegaba el empleado con el café. Los goznes volvían a chirriar, el a recordar el lubricante y a volver a olvidarlo. En el piso inferior un arreglo que llevaba días, de mampostería o de bibliotecas, no lo sabía bien, incluía el uso del que imaginaba un gran taladro eléctrico. La insistencia del invisible rotor repercutía en el suelo sobre el que estaba plantado su sillón, su escritorio y su café. Las vibraciones, como todos los últimos días, llegaban al líquido negro produciendo ondas, parecidas a un minúsculo maremoto. Contemplaba las ondas, hipnotizado, como niño ante un fenómeno natural, una aurora boreal, un eclipse, el desprendimiento de un glaciar, un repentino rayo en la tormenta. Su rostro se serenaba en la contemplación, como sumergido en una meditación zen. El café se enfriaba, de lo cual no tenía noticias, como todos los días, porque de pronto se abria una puerta lateral con impulso de autoridad. El juez con un expediente nuevo, que arrojaba displicente sobre su escritorio, pidiendo, con monárquica potestad, la urgente redacción de un auto denegando la excarcelación solicitada por la defensa. El pedido, como siempre, impersonal, dirigido a las paredes y a los muebles. Se lea, se redacte, se deniegue. La puerta lateral se cerraba después con idéntico ímpetu y el juez ya no estaba. El oficial primero volvía de pronto de su encantamiento. El taladro seguía entregando vibraciones. Su mano derecha quedaba debajo del voluminoso legajo. Así, se respaldaba y cerraba los ojos. Su mente iba hacia los serros irregulares y brumosos de la infancia, dibujados en el horizonte de la tranquila provincia en la que de niño gozaba vacaciones. Y veía el valle verde y cercano, y el gato blanco, de algodón, dormido sobre la gruesa columna que sostenía la tranquera. Y veía las gallinas batarazas, oía el llamado de la abuela y el despreocupado relincho de Zafira, la yegua overa del sulky bueno. Y aparecía también la honda criminal que solo usó una vez con culpa, y la colección de piedras con mica que guardaba en la caja de zapatos que le regaló el nonno. Sonreía y movía los labios, como hablándole a la felicidad, como pidiéndole que vuelva con el. Y de pronto volvía a abrirse con furor la puerta lateral. Otro expediente volaba y caía sobre el anterior. Su mano quedaba más aprisionada por los legajos. Léalo. Redacte. Deniegue. Puerta cerrada y ya no más juez ordenando. El volvía a mover los labios, pero esta vez no expresaba nostalgiosa felicidad, sino niebla, bruma triste. Se vio deslizando de a poco su mano para liberarla de la pila de papeles. Con su colmada tristeza, abría la gaveta de su escritorio y hurgaba hasta encontrarla. La sacaba, la acercaba a sus ojos, la inspeccionaba serenamente. Fragata. Y por fin se decidía. La pólvora ardía y los papeles de todos los casos crepitaban y se convertian en lenguas amarillas, rojas y blancas, que se reflejaban en los vidrios de la biblioteca. Reía y disfrutaba como aquel niño en las sierras. Las llamas devoraban todo mal y todo perjuicio. Ya no había motivo para penas, pensaba. Las del alma y tampoco las del código penal. Se hacía justicia, resonaba en su cerebro dormido. Y a la vez lo invadía un insoportable temor. Empezó a temblar. Entonces despertó, agitado y empapado en sudor. Las cinco y media de la mañana, media hora antes de que sonara la alarma. Se sentó en la cama, buscó con relativa suerte recomponer los trebejos caóticos y los fantasmas de la pesadilla. Se dio una ducha. Desayunó con más tiempo. Se preparó despacio. Cumplió con los rituales de siempre. Y salió. Al rato, a las ocho menos cinco, pese a sus pies cansados, subió por las escaleras. Cuatro pisos. Llegó jadeando, como siempre. Buscó la llave. Oyó el chirrido de los goznes, encendió la luz, vio los expedientes, se derrumbó en el sillón y pidió un café grande, cargado, mientras el taladro continuaba su incesante trabajo. Abrió la gaveta para comprobarlo. Efectivamente, allí estaba la cajita de fósforos que guardaba con celo, como recuerdo del día en que se dio valor y dejó de fumar. Fragata. Siempre le llamó la atención lo paradojal de esa marca. Algo acuático que produce fuego. Sonriendo, pensó en el último día de los sesenta que le faltaban.




 

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